El grito y tu puerta

 

Mi pie derecho pisa el borde del escalón que separa la calle de tú casa. Me detengo y oigo el grito que desgarra el aire del barrio de San Miguel. Me vuelvo y echo un vistazo a mi alrededor. El pie aún en el escalón. Dudo. Decido al fin ingresar al rellenato. Golpeo no una ni dos, sino tres veces y espero. El grito ha desaparecido así como llego, sin previo indicio, a lo lejos se oye una sirena. Han de ser los bomberos.

Imagino la situación del echo: En una de las tantas esquinas sin semáforo chocan dos coches, o un sujeto roba a otro que se resiste y en el nervioso apuro le dispara y huye. En ambos casos un accidente. En la puerta de tu casa aún espero.

Quince minutos luego del huérfano grito abres. Luego, otro grito. Este ya de enojo: “No vuelvas por acá, Manuel”. Un portazo. Por un nanosegundo se me cruza la idea de volver a llamar, y así como llegó se esfuma, aún precoz. Suspiro. Me doy vuelta frustrado. Todo en el mismo segundo.

 

A dos cuadras de mi antigua casa muere Don Benitez a manos de su esposa, se rumoreara al día siguiente. El grito ya no huérfano, ahora tiene nombre y apellido. Manuel Benitez en su último aliento. El segundo grito aún ronda en mi cabeza y es que nunca entendí la mente de mi mujer. Luego una sirena.

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